Reflejos de Málaga
Sanchismo o muerte
Los desengaños no llegan por azar: son la consecuencia directa de una ruptura moral entre lo que uno entrega con lealtad y lo que recibe a cambio. Aparecen cuando, tras conceder mil favores, ya no puedes conceder el último y el beneficiado perpetuo -incapaz de asumir límites- responde con rencor y cobardía, borrándote de su vida con un clic. También surgen cuando depositas tu confianza en alguien con quien compartías proyectos, tiempo y una historia común, y esa persona decide traicionarte sin pudor, paseando su deslealtad como un trofeo y exhibiéndola sin vergüenza en las redes sociales. Está el padre defraudado por el hijo al que ofreció todos sus recursos y que malgasta oportunidades en una juventud sin rumbo. El profesor que confía en el alumno etiquetado como “bala perdida” y descubre, tras insistir una y otra vez, que la indolencia es otra elección. El trabajador fiel que se desvive por la empresa y es despedido sin explicaciones. La mujer que cree en su marido y comprueba que la fidelidad nunca figuró en su código ético. El político que delega en su asesor y se topa con el saqueo sistemático de lo público. O la expareja resentida que instrumentaliza a los hijos para ajustar cuentas.
“Ofrece a cada cual lo que crees que necesita y siéntate a esperar la ingratitud”, advirtió Unamuno, con una lucidez que sigue incomodando. Se repite que no hay desengaño si no se espera nada, pero esa consigna suele formularse desde la comodidad teórica. La realidad es otra: incluso cuando no se espera nada, la traición hiere. Y entonces el desengaño deja de ser decepción para convertirse en afrenta. Quienes creemos que el mundo exige un mínimo equilibrio moral confiamos en que cada cual afronte las consecuencias de sus actos. No intervenir, en muchos casos, es la única respuesta digna: los ingratos, los desleales, los manipuladores y los mentirosos terminan atrapados en su propia miseria ética. El universo no absuelve; simplemente demora. El daño, sin embargo, deja marcas. El papel arrugado no vuelve jamás a su forma original. Y no, la edad no garantiza aprendizaje. Se sigue confiando, se siguen concediendo oportunidades, aunque la sospecha vigile desde la sombra: quienes antes parecían íntegros acabaron revelando su verdadera naturaleza. Hay personas herméticas cuya distancia no es soberbia, sino un mecanismo de defensa. Preservar la dignidad exige límites claros e innegociables. Y hay que saber establecerlos a tiempo.
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